Si has pasado por el centro, de seguro has visto a los famosos carritos blancos y a su dueño vestido con un uniforme inconfundible, como si fueran marineros.
El señor del puesto, parado siempre firme, siempre amable, sirve el ponche como de costumbre. Su carrito brilla al sol, va manejándolo con una sola rueda y su voz se mezcla con el ruido de la plaza.
Descubre, a continuación, más sobre la vida de estas personas con un oficio fascinante:

